En el capítulo 34 del profeta Ezequiel, encontramos una de las advertencias más profundas y actuales de toda la Escritura:
"¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que deben apacentar los pastores? [...] No habéis fortalecido a las débiles, ni curado a las enfermas, ni vendado a las heridas... sino que las habéis dominado con fuerza y con dureza." (Ezequiel 34, 2-4)
Esta cita nos invita a una reflexión necesaria. Un pastor es alguien que vive para sus ovejas, que sale a buscarlas cuando están perdidas y que les da el alimento que necesitan para sobrevivir. Sin embargo, el profeta nos alerta sobre un riesgo que persiste: que el pastor se olvide de la oveja y empiece a alimentarse solo de su propia posición, de su comodidad o de sus proyectos personales.
¿Teoría o Evangelio?
Hoy, este "apacentarse a sí mismos" puede tomar formas muy sutiles. Se puede caer en el error de creer que una Iglesia es "avanzada" solo porque tiene planes de gestión impecables o teorías sociológicas modernas. Pero, si detrás de esos planes no hay Gracia, si no hay Ternura y si no se ofrece a Cristo, estamos dando "piedras" a quien nos pide pan. Como decía Fray Elías Cabodevilla Garde, los santos son puentes hacia Dios; el pastor debe ser ese puente, no el destino donde se agota la mirada del fiel.
Como ovejas sin pastor
Lo que más duele es ver hoy a tanta gente caminando como ovejas sin pastor. El alma tiene un hambre espiritual que no se sacia con burocracia ni organigramas. Si los pastores no abren el manantial de la Gracia, las ovejas se pierden buscando alimento en otros lugares. No es que se quieran ir; es que necesitan comer para vivir. Es una tristeza profunda sentir que, teniendo casa, nos sentimos huérfanos porque quienes deberían cuidarnos están ocupados en sus propias teorías de éxito.
Un rayo de esperanza: Los verdaderos pastores de la Iglesia
Pero la justicia nos obliga a mirar también hacia la luz. Queremos dar gracias y alentar de todo corazón a esos verdaderos pastores de la Iglesia. Son aquellos que, con su entrega diaria, cuidan a sus ovejas con la misma ternura de Cristo, desgastando su vida en el confesionario, en la visita al enfermo y en la oración.
Gracias a vosotros, que mantenéis las puertas abiertas y el corazón disponible, se conserva hoy un rebaño vivo y unido. Vuestra labor es el alimento que nos sostiene y el testimonio de que el amor de Dios sigue presente. Gracias por ser el buen olor de Cristo y por cuidar con tanto celo la fe de los sencillos. Sois el tesoro que mantiene viva la esperanza.
Es hora de que cada uno se pregunte ante el sagrario: ¿Estoy alimentando a las ovejas o me estoy alimentando a mí mismo?
"El que tenga oídos para oír, que oiga." (Mateo 13, 9)
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"Qué necesario es volver a las palabras del profeta Ezequiel para recordar que el verdadero pastor no es el que busca su propio beneficio, sino el que sale al encuentro de la oveja perdida y venda a la herida.
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