Estamos viviendo una alarmante "mundanización" de la estructura eclesiástica. En un intento por resultar atractivos a la mentalidad liberal y "gustar a todos", muchos han decidido rebajar el Evangelio hasta convertirlo en una filosofía ética inofensiva. Se busca el aplauso del mundo a costa de perder la esencia. Esta falta de identidad genera una inmovilidad espiritual que asfixia a los laicos: se prefiere ser políticamente correcto antes que ser fiel al fuego original que encendió a los santos.
El ejemplo más doloroso de esta traición es la falta de coherencia litúrgica. Es inaudito que se celebren festividades basadas en realidades místicas —como los estigmas o las visiones— por parte de quienes, en su fuero interno, las consideran leyendas o productos de una mentalidad atrasada. Predican activamente el "no" a las reliquias y desprecian los estigmas como algo irracional, negando lo sobrenatural desde el propio altar, y después, por pura inercia o compromiso social, celebran estas mismas festividades. Esta contradicción pública crea en el laico una confusión terrible, un rechazo profundo y una inseguridad paralizante, al ver que sus guías no saben ni lo que creen.
Más aún, se ha llegado al extremo dogmático de imponer que no se puede creer en lo sobrenatural. Se afirma que se duda de la experiencia mística de los santos, porque al hacerlo, están anulando todo lo que hace a su carisma algo divino. Han convertido su duda racionalista en un dogma absoluto. Esto crea una disonancia cognitiva insoportable: se nos ofrece un ritual externo vacío de convicción interna.
Cuando el carisma se vuelve un traje de conveniencia que se pone y se quita según interese (por dinero, prestigio o control social), la fe se convierte en una "fachada" sin vida. Es totalmente ilógico que religiosos que dicen seguir a un santo fundador renieguen de la esencia sobrenatural de su propio carisma; a ellos los santos les estorban y, si fuera por ellos, los quitarían a todos. Se parecen más a gestores de una ONG que a verdaderos hijos de sus santos. El laico no busca expertos en gestión ideológica, busca pastores que crean con pasión aquello que celebran en el altar.
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