domingo, 29 de marzo de 2026

DOMINGO DE RAMOS CICLO A


PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN SAN MATEO

​En aquel tiempo, Jesús compareció ante el gobernador, el cual le preguntó:

— «¿Eres tú el rey de los judíos?».

Jesús respondió:

— «Tú lo dices».

​Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:

— «¿No oyes de cuántas cosas te acusan?».

Pero él no le respondió a ninguna palabra, de suerte que el gobernador estaba muy extrañado.

​Por la fiesta, el gobernador solía conceder a la gente la libertad de un preso, el que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente se reunió, Pilato les dijo:

— «¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».

Pues sabía que se lo habían entregado por envidia.

​Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente de que pidieran a Barrabás y que hicieran morir a Jesús. El gobernador les preguntó:

— «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».

Ellos dijeron:

— «A Barrabás».

Pilato les preguntó:

— «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».

Contestaron todos:

— «¡Que lo crucifiquen!».

Pilato insistió:

— «Pues ¿qué mal ha hecho?».

Pero ellos gritaban más fuerte:

— «¡Que lo crucifiquen!».

​Al ver Pilato que no adelantaba nada, sino que el ruido iba a más, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:

— «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!».

Y todo el pueblo contestó:

— «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

​Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, y una caña en su mano derecha; y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:

— «¡Salve, rey de los judíos!».

Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

​Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «lugar de la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza pusieron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Al mismo tiempo, crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

​Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:

— «Tú que destruyes el templo y en tres días lo reconstruyes, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo:

— «A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él».

​Desde el mediodía hasta la media tarde, toda la región quedó en tinieblas. Hacia la media tarde, Jesús gritó con voz potente:

— «Elí, Elí, lemá sabactaní».

(Que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).

Al oírlo, algunos de los que estaban allí decían:

— «A Elías llama este».

Uno de ellos fue corriendo, tomó una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña, le dio de beber. Los otros decían:

— «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».

Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, entregó su espíritu.

​(Aquí todos se arrodillan y se hace una pausa)

​El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se rajaron. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:

— «Verdaderamente este era Hijo de Dios».

REFLEXIÓN:

El Trono de la Cruz y el Silencio del Rey

​El Domingo de Ramos nos introduce en el misterio de la Pasión con una paradoja sobrecogedora: aquel que entra en Jerusalén entre aclamaciones de «¡Hosanna!», termina poco después entre gritos de «¡Crucifícalo!». San Mateo nos presenta a un Jesús que, ante el tribunal de Pilato y las burlas de los soldados, guarda un silencio que estremece.

​1. El silencio que salva

Como bien señalan los Padres de la Iglesia, el silencio de Jesús no es de debilidad, sino de majestad. San Agustín decía que Jesús callaba porque su entrega era voluntaria. Ante las acusaciones, no se defiende porque sabe que su verdadera defensa es el amor que lo lleva a la cruz. En un mundo lleno de ruidos, excusas y soberbia, el silencio de Cristo nos enseña que la Verdad no necesita gritar para ser eterna.

​2. La realeza del sufrimiento

La escena de la coronación de espinas es la culminación de la ironía humana y la gloria divina. Los soldados se burlan de un «Rey de los judíos» desfigurado, pero, sin saberlo, están proclamando la verdad: su trono es la Cruz. San Juan Crisóstomo nos recordaba que Cristo convirtió el madero en un altar. No bajó de la cruz —como le pedían burlonamente— no porque no pudiera, sino porque si bajaba de la cruz, no nos rescataba de nuestra propia muerte.

​3. El reconocimiento del Centurión

Al final del Evangelio de hoy, sucede algo extraordinario. Un pagano, un soldado romano que ha visto morir a muchos, reconoce lo que los sabios de Israel no pudieron ver: «Verdaderamente este era Hijo de Dios». No lo reconoce por un milagro espectacular, sino por la forma en que Jesús entrega su espíritu. Es en la entrega total, en el perdón desde el madero, donde se manifiesta la verdadera divinidad.

​Conclusión para nuestra vida:

Este Domingo de Ramos se nos invita a no ser meros espectadores. Al recibir el ramo, no estamos simplemente recordando un evento histórico; estamos aceptando seguir a un Rey que vence al mal con el bien y a la muerte con la entrega.

​«No busques a Jesús fuera de la Cruz, porque no lo encontrarás. Búscalo en el amor que se da hasta el extremo».


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