"Si el mundo os odia, sabed que a mí me odió antes que a vosotros." (Juan 15:18)
Es una realidad dolorosa que el laico formado de hoy es tratado con un desprecio intelectual inaceptable. Gracias al acceso a Internet, a la lectura directa del Catecismo y al Magisterio, el laico de hoy se instruye y compara, rompiendo el monopolio de la información. A pesar de que la Iglesia nos pide formación, cuando un laico conoce sus derechos y no se pliega a la teología personal o a la línea pastoral impuesta por el párroco de turno, es inmediatamente marginado. Actúan como maltratadores psicológicos, justificando el desprecio, el control y la exclusión bajo la falsa premisa de que lo hacen "por el bien de la comunidad" o "por el bien de todos".
Lo que más delata la inseguridad de estos pastores es su reacción ante el conocimiento del laico. Cuando ven que el fiel sabe más o se sitúa en el lugar que le pertenece por vocación, abandonan el papel de padres para ponerse el de enseñantes absolutos. Al sentirse cuestionados en su autoridad por alguien que piensa, nos ven como un enemigo total. Ellos quieren enseñar lo suyo, imponer su ideología particular, no permitir que el laico formado aporte la verdad de la fe.
Pedimos socorro ante este abuso. Se nos trata como ignorantes para justificar el control absoluto. Cuando la formación del laico revela la incoherencia entre la doctrina universal y la gestión local, los pastores, sintiendo amenazado su poder, utilizan su autoridad para silenciar, descalificar personalmente ("no estás bien de la cabeza", "no vives en la realidad") o hacer la vida imposible hasta forzar la marcha del fiel. Y cuando se quedan sin argumentos, recurren al dogmatismo personal: "es que así pienso yo y yo soy aquí el que mando y ya está", sustituyendo la doctrina de la Iglesia por su propia voluntad.
La Iglesia debe saber que muchos católicos están totalmente abandonados por sus pastores. Prefieren imponer su punto de vista personal en lugar de la doctrina católica, dejando al fiel en tal desamparo que el laico sobrevive como puede: buscando alimento fuera de su ámbito eclesial local, gracias a Internet, a poder viajar a otros sitios y a devociones que aquí les niegan.
Por eso, gritamos auxilio: necesitamos pastores que sean padres, no gestores ideológicos. Que respeten la caridad y la verdad.
El laico no es una amenaza para el sacerdote, ni busca suplantarlo, ni desea sembrar discordia. El laico es Jesucristo pidiendo a su Iglesia caridad.
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