A menudo, el debate sobre el papel de la mujer en la Iglesia se queda en la superficie, enredado en discusiones que parecen sacadas de un instituto: "machismo contra feminismo". Se nos presenta el liderazgo femenino como una "reivindicación política" o, peor aún, como una solución de emergencia porque "faltan curas" y alguien tiene que llevar las parroquias.
Pero desde "La voz de los laicos", tenemos que decir con claridad que esa visión es incompleta y, en el fondo, una falta de respeto a nuestra dignidad.
1. No somos cristianos de segunda
Nuestra base es la Justicia Bautismal. El Documento Final del Sínodo de la Sinodalidad (Puntos 21 y 25) lo deja claro: el Bautismo es la fuente de toda misión. No somos cristianos de segunda que esperan una "concesión" de la jerarquía. El liderazgo de la mujer no es un favor, es una responsabilidad que emana de nuestra identidad. Si el Espíritu Santo reparte dones, impedir que se traduzcan en liderazgo es ignorar Su voluntad.
2. La trampa del clericalismo y el diaconado
Hay quienes piensan que la solución es que la mujer acceda al diaconado o a funciones clericales. Sin embargo, esto puede ser una forma de clericalismo, algo que el Sínodo advierte en su punto 67. Buscar "títulos" para tener voz es reconocer implícitamente que el laico no vale por sí mismo.
La mujer no necesita "disfrazarse" de clérigo para ser escuchada. Necesitamos un liderazgo plenamente laical, donde seamos reconocidas por lo que somos. Querer ocupar el lugar del sacerdote no es avanzar; es admitir que solo lo clerical tiene valor en la Iglesia.
3. Ni salvadoras, ni pelagianismo
Debemos alejarnos también de ese eslogan que dice que "las mujeres salvarán a la Iglesia". Eso es puro pelagianismo. La Iglesia no la salva ningún grupo humano, ni hombres ni mujeres; la salva Jesucristo por Su Gracia. Pensar que nosotros somos la "solución mágica" es poner la confianza en nuestras fuerzas y no en Dios. No buscamos liderar para ser "mesías", sino para ser servidores fieles.
4. De la inmovilidad a "es mi casa".
Durante años la queja y la inmovilidad ha sido constante. Esperar permiso para todo nos ha estancado. Pero si entendemos que la Iglesia es nuestra casa, el liderazgo surge de forma natural. El punto 60 del Sínodo reconoce que no hay razones para impedir que la mujer asuma funciones de decisión.
El verdadero avance no es que la mujer ocupe el lugar del hombre, sino que ocupe su propio lugar con autoridad, gestión y voz propia, transformando la comunidad desde la corresponsabilidad real.
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