Confesaba de la mañana a la noche
El Padre Pío de Pietrelcina, desde su llegada a San Giovanni Rotondo, en 1916, dedicó la mayor parte de su tiempo y sus mejores energías al ministerio de la Confesión. Se le ha llamado con razón "El Padre que confiesa", "Mártir del confesionario".
El Padre Pío llegó a estar 15 y más horas diarias en el confesionario, algo inexplicable en un hombre afectado por enfermedades misteriosas, consumido por continuos achaques, que perdía sangre de continuo por las heridas de sus "llagas", y que se alimentaba con un poco de legumbres al mediodía y un poco de sopa a la noche.
Desde el principio, y mucho más desde que las "llagas" se hicieron visibles en su cuerpo, las gentes llegaban de todas partes para confesarse con él. En el convento de capuchinos había otros sacerdotes, pero al que buscaban los peregrinos era al Padre Pío, y, con tal de confesarse con él, esperaban contentos hasta 15 y más días en San Giovanni Rotondo.
Si el trabajo era abrumador: "Son ya diez y nueve horas que llevo sujeto al trabajo. Un esfuerzo superior a mis fuerzas, al que estoy haciendo frente como puedo, sin un momento siquiera de descanso", fueron mucho más dolorosos los dos años, de junio de 1931 a julio de 1933, en los que, por causas que ya hemos indicado, quedó recluido entre las cuatro paredes del convento. Se sentía "devorado por el amor a Dios y el amor al prójimo", que le impulsaban a "liberar a mis hermanos de los lazos de Satanás" y a "dar la vida por los pecadores y hacerles participar después de la vida del Resucitado", para poner fin así a la "ingratitud de los hombres para con Dios, nuestro Sumo Bienechor".
Al administrar el Sacramento de la Confesión, el Padre Pío usaba todos los medios a su alcance para arrancar a sus penitentes del pecado y conducirlos a Dios; también los dones especiales de profecía y de penetración de las conciencias que le permitían, y lo hacía a veces, adelantarse a enumerar los pecados que debía confesar el penitente; sin excluir, cuando era necesario, la corrección severa, el rechazo e, incluso, el negar la absolución.
Pero, luego, debía comprar esas almas y conseguir que todas volvieran arrepentidas en busca del perdón. Escuchemos estas palabras dichas a un sacerdote inglés: "¡Si supieras cuánto cuesta un alma! ¡Las almas se compran y a muy caro precio!".
Y a su director espiritual escribió: "Cuántas veces, por no decir siempre, me toca decirle a Dios Juez, junto con Moisés: 'Perdona a este pueblo o bórrame del libro de la vida'".
Continuará...
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Este texto nos revela la faceta más extenuante y sagrada del Padre Pío: su misión como "el Padre que confiesa". Más allá de lo inexplicable de su resistencia física —marcada por las llagas y el ayuno—, el relato nos sumerge en el valor espiritual de cada absolución.
ResponderEliminarPara el Padre Pío, el confesionario no era un trámite, sino un campo de batalla donde "las almas se compran a muy caro precio". Su capacidad para penetrar en las conciencias y su disposición a ofrecerse como intercesor ("bórrame del libro de la vida") nos recuerdan que la reconciliación verdadera nace de un amor que está dispuesto a sufrir por el otro. Un testimonio conmovedor sobre la entrega sin límites a la libertad del prójimo.