Verdadero representante de los estigmas del de nuestro Señor
El padre Gerardo Di Flumeri, Vicepostulador de la causa de canonización del Padre Pío, en el folleto "Homenaje a Padre Pío" divide la estigmatización del sacerdote capuchino en dos periodos: uno de preparación, que duró desde septiembre de 1910 a septiembre de 1918, en el que los estigmas eran "invisibles" aunque no por eso menos dolorosos y el segundo, desde el 20 de septiembre de 1918 al 23 de sendero 1968, en el que las "llagas" aparecían visibles, vivas y sangrantes, en sus manos pies y costado.
El Padre Pío, el 22 de octubre de 1918, en carta a su director espiritual, Padre Benedicto de San Marco in Lamis, y por mandato de éste, cuenta así el hecho de su estigmatización:
"Qué decirle con respecto a lo a lo que me pregunta sobre cómo ha ocurrido mi crucifixión? ¡Dios mío, qué confusión y humillación experimento al tener que manifestar lo que tú has obrado en esta tu mezquina criatura!
En la mañana del 20 pasado del pasado mes de septiembre, estaba en el coro después de la celebración de la Santa Misa cuando me sentí invadido por un reposo semejante a un dulce sueño. Todos los sentidos, internos y externos, y las mismas facultades del alma, se encontraron en una quietud indescriptible.
En todo esto reinaba en un total silencio en torno a mí y dentro de mí; estando así, de pronto se hizo presente una gran paz y abandono a la completa privación de todo, aceptando la propia destrucción. Todo esto fue instantáneo, como un relámpago.
Y mientras acaecía todo, me vi delante de un misterioso personaje, semejante a aquel visto la tarde del 5 de agosto, con la sola diferencia de que en este las manos y los pies y el costado mandaban sangre
Su vista me aterrorizó; lo que yo sentía en mí en aquel instante, me resulta imposible decírselo. Me sentía morir, y habría muerto si el Señor no hubiera intervenido para sostener el corazón, que yo sentía que se me escapaba del pecho.
Se retira la vista del personaje y yo me vi con que las manos, pies y costado estaban atravesados y manaba sangre. Imagínese el desgarro que experimenté entonces y que voy experimentando continuamente casi todos los días.
La herida del corazón mana asiduamente sangre, sobre todo de jueves por la tarde hasta el sábado padre mío y yo muero de dolor por el desgarramiento y la confusión subsiguiente que sufro en lo íntimo del alma.
Temo morir desangrado, si el señor no escucha los gemidos de mi corazón y no retira de mí esta operación ¿Me concederá esta gracia Jesús, que es tan bueno?
¿Me quitará al menos, esta confusión que yo experimento, por estos signos externos? Alzaré fuerte mi voz a él y no cesare de conjurarle, para que por su misericordia retire de mí, no el desgarro, no el dolor, porque lo veo imposible y siento que él me quiere embriagar de dolor, sino estos signos externos, que son para mí de una confusión y de una humillación indescriptible e insostenible".
Continuará...
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En esta entrega, recuperamos la literalidad de las palabras de San Pío de Pietrelcina. Un documento que nos muestra su verdadera esencia: un hombre que acepta el desgarro y el dolor, pero que en su inmensa humildad suplica al Señor que oculte los signos visibles de su gracia. Una lección de fe y sencillez para todos nosotros.
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