En el camino que recorremos dentro de la Iglesia de el Papa León XIV, el Documento Final del Sínodo de la Sinodalidad nos ofrece una luz fundamental para comprender nuestra misión como laicos. El texto es rotundo: la Iglesia no es una estructura uniforme y rígida, sino un cuerpo vivo que respira gracias a la acción del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo: Armonía, no uniformidad
Debemos empezar reconociendo que la unidad de la Iglesia no es un acuerdo humano ni una estrategia organizativa; es un don del Espíritu. Él es quien armoniza nuestras diferencias para que la unidad no se convierta en una parálisis. El Espíritu Santo no borra lo que nos hace únicos, sino que lo potencia. Por eso, intentar unificar las sensibilidades no solo es un error de convivencia, sino que sería ir en contra de la propia libertad del Espíritu, que ama y crea la pluralidad.
Iguales en dignidad, diversos en identidad
El Documento Final aclara un concepto que para nosotros es vital: ser iguales no significa ser idénticos.
- Somos iguales porque todos, por el bautismo, compartimos la misma dignidad y responsabilidad. Nadie es más que nadie en esta casa.
- No somos idénticos porque el Espíritu regala a cada laico una sensibilidad, una historia y una forma de vivir la fe diferente.
Si forzamos a que todos sean "idénticos", anulamos el don de cada persona y caemos en la inmovilidad. La igualdad nos hace hermanos, pero es la diversidad la que nos hace ser un organismo lleno de vida.
Una Iglesia inculturada: Valorar las sensibilidades
Un punto clave que resalta el Sínodo es la necesidad de una Iglesia inculturada. Esto significa que la fe debe hablar el lenguaje de cada lugar y de cada sensibilidad personal. No se trata simplemente de "tolerar" al que es diferente, sino de reconocer que en su cultura y en su forma de ser también habita y habla el Espíritu Santo. En nuestra comunidad, la riqueza reside en el pluralismo, no en la copia.
Conclusión: Puentes hacia la comunión
El Sínodo nos invita a superar la etapa de la queja y la inmovilidad para convertirnos en protagonistas. Al entender que la unidad nace de la diversidad, nos liberamos de la necesidad de que el otro sea igual a nosotros.
Somos puentes, no destinos. Nuestra misión es unir orillas distintas, respetando la esencia de cada una, para caminar juntos hacia una comunión real. La sinodalidad es, en definitiva, aprender a escuchar lo que el Espíritu nos dice a través de la voz de cada hermano.
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"Bienvenidos a una nueva entrega de 'La voz de los laicos'. Este pasaje del Documento Final del Sínodo nos invita a ver nuestras diferencias no como un problema, sino como el mayor regalo que el Espíritu Santo hace a la Iglesia. ¿Cómo vivís vosotros esa 'unidad en la diversidad' en vuestra vida diaria? Os leo en los comentarios. 👇"
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