El documento de la sinodalidad nos invita a una transformación profunda: pasar del control a la corresponsabilidad real. Esto no es posible si no existe una aceptación mutua entre el clero y los laicos.
1. Aceptación mutua y carismas
La corresponsabilidad nace cuando el sacerdote y el laico se reconocen como iguales en dignidad.
Acoger y acompañar: El papel del clero no es el de un jefe que supervisa, sino el de alguien que acoge y acompaña los carismas que el Espíritu ya ha puesto en los laicos.
Dejar desarrollarse: Cada persona tiene un "punto" o una vocación específica. Superar el clericalismo significa permitir que cada laico se desarrolle plenamente en su área sin que nadie le ponga frenos innecesarios.
2. Colaboración y ayuda mutua
No se trata de dos bandos trabajando en paralelo, sino de una ayuda mutua.
El sacerdote aporta su ministerio de unidad y acompañamiento.
El laico aporta su visión, su profesionalidad y su vida en el mundo.
Cuando hay respeto, la inmovilidad desaparece porque el laico se siente seguro para actuar y el sacerdote se siente apoyado en su misión.
3. El respeto como base
El clericalismo muere donde nace el respeto por la identidad del otro.
No a la clericalización: Respetar al laico es no querer convertirlo en clérigo.
No al control asfixiante: Respetar al laico es confiar en su capacidad de ejecutar acciones y liderar proyectos sin una vigilancia constante.
Esta es la clave: ser una comunidad donde se respeta el lugar de cada uno, donde el sacerdote acompaña y el laico crece y actúa con libertad.
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