El último documento del Sínodo es muy claro: por el Bautismo, todos entramos a formar parte del Pueblo de Dios. Esta es nuestra base y nuestra mayor categoría. Al recibir el Bautismo, somos ungidos como sacerdotes, profetas y reyes, y eso nos otorga una dignidad que no depende de ningún cargo humano.
- No hay cristianos de segunda clase: Al ser todos parte del mismo Pueblo, no hay invitados ni sirvientes. Los laicos participamos plenamente y tenemos voz, porque el Espíritu Santo actúa en cada uno de nosotros. Nuestra voz es necesaria porque, como "profetas" bautizados, tenemos el deber de anunciar el Evangelio desde nuestra propia realidad.
- Dones y carismas: La diferencia no está en quién es "más", sino en lo que hacemos. El Espíritu reparte diferentes dones y carismas a cada uno para el bien de todos. Como "sacerdotes" en nuestra vida diaria, hacemos de nuestro trabajo y oración una ofrenda, y como "reyes", servimos a la comunidad. Son tareas distintas, pero con la misma dignidad.
- Un respeto sagrado: Formar parte del Pueblo de Dios exige respetarnos los unos a los otros. Nadie puede ignorar los dones que el Espíritu pone en un hermano, porque cada carisma es necesario para que la Iglesia camine. El respeto a estas funciones no es un favor, es un deber ante la unción que cada uno ha recibido.
Diferentes funciones, pero un solo Pueblo de Dios unido por el Bautismo.
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