miércoles, 20 de mayo de 2026

🛡️ LA LIBERTAD DE QUIEN YA NO TIENE MIEDO: SOLO ANTE DIOS


Durante años, mi camino fue el de la obediencia paciente y el respeto escrupuloso. Busqué el diálogo con humildad, pedí los permisos pertinentes y traté de caminar por las sendas de la transparencia eclesial. Mi intención era construir, sumar y avanzar de la mano de la institución. Sin embargo, me encontré con un muro invisible pero implacable. ¿Cuál fue la respuesta a esa mano tendida? Una alianza inesperada y amarga.

1. El pacto de los que no aman al pueblo

Es revelador observar cómo los extremos terminan tocándose cuando se trata de proteger sus cuotas de poder. Por un lado, el racionalismo frío que vacía la fe de misterio; por otro, el espíritu preconciliar que se aferra a la norma para asfixiar la vida. Tan distintos en sus discursos, pero idénticos en su soberbia.

Se han unido en una suerte de pacto táctico para apartar a quien trae fuego de verdad, a quien no se conforma con una fe de escritorio. Poseen una fe adolescente, enredada en ideologías propias que solo sirven para mirarse al espejo. Les incomoda, les irrita y les asusta alguien que simplemente desea evangelizar con la ternura y la entrega de Fray Elías Cabodevilla Garde. No soportan que el pueblo reconozca la autenticidad allí donde ellos solo ofrecen burocracia.

2. La estrategia del cansancio y la frialdad

Creyeron, en su error, que mi respeto era debilidad. Diseñaron una estrategia de desgaste: trabas administrativas, silencios prolongados, críticas de pasillo y el vacío como herramienta de control. Intentaron cansarme para que, por agotamiento, terminara rindiéndome y desapareciendo. Querían que me fuera, y en efecto, hoy estoy fuera.

Estoy fuera de sus estructuras gélidas y de esas "expendedoras de sacramentos" que han olvidado el calor del pastoreo. Pero lo que no calcularon es que, al empujarme hacia los márgenes, me entregaron, sin quererlo, el mayor de los tesoros: la libertad. Ya no hay cadenas que me aten a formas que han perdido el espíritu.

3. Miedo solo a Dios

Hoy me pregunto: ¿A qué podría tener miedo a estas alturas?

  • ¿A que me aparten? Ya lo han hecho, y en ese destierro he encontrado mi centro.

  • ¿A que pierdan la credibilidad? No es algo que yo pueda evitar; ellos mismos la han erosionado con su falta de coherencia.

  • ¿A la soledad? Jamás se experimenta la soledad cuando se camina en la Verdad y se siente el respaldo de lo alto.

Como ven, señala el Papa León XIV, el Evangelio es vida plena. Y esa plenitud es incompatible con el yugo del maltrato eclesial o la asfixia del espíritu. La vida verdadera se vive de cara a Dios, sin intermediarios que pongan precio a la fe o condiciones al amor. Ya no necesito solicitar permisos humanos para amar profundamente a Cristo o para difundir el mensaje transformador del Padre Pío. Mi único juez es el Señor, y ante Su presencia, mi conciencia descansa en una paz absoluta.

Desde este espacio de libertad, mi voz es clara. Se acabaron los rodeos. Se acabó el miedo.


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