Uno de los
mayores errores que cometemos es pensar que la parroquia es
"propiedad" del cura que está en ese momento. Esto genera una actitud
de miedo en el laico: "Si digo algo, me echa", "Si no
le gusta mi grupo, tengo que irme".
Hay que
aclarar conceptos según la Iglesia:
- El Párroco es un Administrador,
no el Dueño: El
párroco tiene la autoridad para coordinar, pero la parroquia pertenece a
la comunidad de fieles. El templo y los espacios parroquiales son para el
bien espiritual de los bautizados, no para el uso caprichoso de una
persona.
- El Derecho a ser Acogido: Cuando se te niega el espacio
o se te pone mala cara por querer rezar, se está fallando a la misión
principal de la Iglesia. Una parroquia que cierra las puertas a un carisma
aprobado (como el del Padre Pío) está dejando de ser Iglesia para
convertirse en una aduana.
- La Corresponsabilidad no es
"Ayudar en lo que yo diga": Muchos entienden la participación del laico como
"mano de obra barata" (limpiar, vender lotería, leer lo que te
den). Pero la verdadera participación es que el laico aporte su carisma.
Si tú tienes un taller de oración o un grupo, la parroquia es el lugar
natural donde debe florecer.
¿Cómo
defendernos? Recordando
que la Iglesia nos pide una "Pastoral de acogida". Si el cura
te hace el vacío, está incumpliendo su deber de pastor. No es que tú
"molestes", es que él no está ejerciendo su paternidad espiritual.
En la Iglesia nadie sobra.
La verdadera autoridad se mide por el servicio y la ternura, no por
quién corta la luz o quién decide quién entra y quién sale.
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Es fundamental que recuperemos el sentido de pertenencia en nuestras comunidades. La parroquia debe ser ese espacio abierto donde el laico no sea un simple espectador, sino un protagonista que aporta su propio carisma y compromiso. Cuando se cierran las puertas a la oración o se limita la participación, se pierde la esencia de lo que significa ser Iglesia: una comunidad de puertas abiertas y no una aduana de carismas.
ResponderEliminarComo bien dice el texto, la autoridad solo es auténtica cuando se traduce en servicio. Es hora de que el laico pierda el miedo y asuma su lugar, recordando que la parroquia es su casa natural para crecer y compartir la fe.