En la Iglesia no hay lugar para el estancamiento. Durante demasiado tiempo, la vida del laico ha estado atrapada en una cultura de la "petición" y la queja, una parálisis que nos ha llevado a mirarnos el ombligo mientras el mundo espera. Pero el Documento Final del Sínodo 2024 es claro: la sinodalidad no es una charla de salón, es el motor de la evangelización.
No es una ONG, es una Vocación
Debemos recuperar el orden de la fe: la misión no es gestionar una ONG. Ese compromiso social es un fruto necesario de la conversión, pero nunca la raíz. "Estamos como estamos" porque hemos intentado dar frutos sin alimentar la planta. Nuestra primera misión es el anuncio de Jesucristo. Si no hay anuncio, solo somos filantropía; y el laico no está llamado a ser un gestor de recursos, sino un testigo de la Esperanza (Nº 53-54).
Arreglarnos por dentro para salir fuera
Hablar de "acogida y escucha" hacia el mundo es una tontería si no empezamos por aplicarlo dentro de la Iglesia. No nos arreglamos entre nosotros; nos dividimos en facciones y sectarismos que anulan nuestra credibilidad. La acogida no es solo para los de fuera; es la valentía de escucharnos recíprocamente, de orar sobre la Palabra de Dios en común y de superar el racionalismo estéril que analiza todo pero no mueve un dedo (Nº 47, 50).
El deber de aprender a evangelizar
Nadie nace sabiendo, y el católico de hoy —especialmente el racionalista que se queda parado ante lo espiritual— tiene el deber de aprender a evangelizar. Esto comporta:
- Conversión (Nº 32): Salir de la autorreferencialidad para reconocer la dignidad del bautismo.
- Conocimiento y Formación (Nº 75): No basta la buena voluntad; se requieren herramientas para dar razón de nuestra fe en el mundo actual.
- Valentía (Nº 155): No tener miedo a la novedad del Espíritu, que sacude tanto al inmovilista como al intelectual.
Humildad Misionera: Ni maestros ni gestores
Para que la misión sea auténtica, debemos incorporar la humildad del aprendiz. Evangelizar es una "mendicidad compartida": somos mendigos diciéndoles a otros mendigos dónde encontrar pan. Esta reciprocidad nos desarma y nos une; nos obliga a sentarnos juntos a la mesa de la Palabra para luego levantarnos juntos hacia el mundo.
La misión es el test de nuestra conversión. Si nos seguimos mirando el ombligo, nos extinguimos. Si aprendemos a ser Iglesia juntos, discerniendo y orando en comunidad, pasaremos de la inmovilidad al anuncio que el mundo necesita bajo el pontificado de León XIV.
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